(Noviembre 2003) Aunque hoy día hay un mayor reconocimiento de que la inequidad e intereses opuestos entre los hombres y mujeres constituyen obstáculos serios para la salud en general, pocos son los programas de salud reproductiva que han tratado de corregir dicho problema. Los programas tradicionales de planificación familiar y otros se han concentrado casi exclusivamente en las mujeres, frecuentemente dejando a los hombres de lado por los estereotipos negativos sobre las actitudes y conductas masculinas respecto al embarazo y a la crianza de los hijos. Recientemente hay una mayor conciencia de la necesidad de que los hombres participen activamente en los programas de salud reproductiva, como los que proporcionan servicios de planificación familiar, prevención y tratamiento contra el VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS), y los de atención durante el embarazo y el parto.
Esta conciencia surgió de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo que tuvo lugar en 1994 en El Cairo y resaltó la importancia de una relación armónica entre la pareja para mejorar la salud de ambos. Margaret E. Greene, del Centro para la Salud Mundial de la Universidad George Washington, señala que desde dicha conferencia se ha venido hablando mucho en salud internacional de un nuevo planteamiento en los programas de salud reproductiva.
En una entrevista con el Population Reference Bureau (PRB), Greene indicó que, si bien no existe duda de que el enfoque más efectivo es promover equidad en la distribución de los servicios y las responsabilidades de los hombres y mujeres, existe confusión sobre el objetivo de la participación de los varones, lo que ha ocasionado una serie de programas que no siempre coinciden con las recomendaciones de El Cairo.
PRB: ¿Por qué se ha dejado a los hombres prácticamente al margen en cuestiones de salud reproductiva?
Greene: Las razones son reflejo del hecho de que se consideraba a las mujeres como individuos aparte, separadas de sus familias y comunidades. Se daba por sentado que su espacio estaba en el hogar, criando a los hijos, de ahí su mayor responsabilidad por las decisiones sobre el uso de anticonceptivos y la salud infantil. Se prestaba poca atención a la sexualidad, y a las relaciones de género y poder entre los sexos.
Otra razón es que todavía no eran comunes las expresiones sobre los derechos de la mujer (como el derecho a tomar libremente decisiones sobre todos los aspectos de su sexualidad y procreación) y existía mayor énfasis en los objetivos de planificación familiar de la mujer en vez de sus derechos y salud personal. Finalmente la razón por la que los hombres quedaron al margen es que es más fácil para las investigaciones y programas considerar a las mujeres como representantes de la totalidad de la salud reproductiva familiar.
PRB: ¿Cómo se cambió el énfasis para hacer más partícipes a los hombres?
Greene: Hubo una serie de cambios que se reforzaron entre sí y llevaron a buscar una mayor participación masculina en la salud reproductiva. El personal de los programas de planificación familiar y los investigadores vieron que al concentrarse en las mujeres no se abordaba totalmente la realidad en la forma en que se toman decisiones sobre las relaciones sexuales y la procreación, puesto que esas decisiones no las toman solamente las mujeres, sino la pareja, y se ven afectadas por la familia política y otras personas. Por otra parte, el movimiento de salud femenina hizo ver que el contexto social influye en el uso de la planificación familiar y otros servicios de salud, y reveló que el contexto social de la mujer es un determinante clave del número de hijos que desea tener, y como ejerce sus derechos, o si los hace valer.
PRB: ¿En qué se parecen los programas que tratan de incluir a los hombres?
Greene: Tradicionalmente los servicios de planificación familiar se proporcionaban en programas de salud materno-infantil concentrados en lograr objetivos demográficos con un mayor uso de métodos anticonceptivos para reducir el promedio de hijos por mujer y disminuir los índices de crecimiento de la población. La conferencia de El Cairo propuso adoptar un enfoque multifacético para mejorar la salud reproductiva; pero hay mucha diferencia entre los programas que se realizan con participación masculina y el planteamiento sugerido en El Cairo, y diversos programas tienen diferentes objetivos respecto a la participación masculina. Existen tres categorías de programas.
PRB: ¿Qué riesgo corren aquellos quienes diseñan programas cuando tratan de hacer partícipes a los hombres?
Greene: Desde el punto de vista de equidad de género hay ciertos peligros en la participación masculina en la salud reproductiva.
PRB: ¿Cómo pueden los programas evitar dichos peligros?
Greene: El Programa de Acción de El Cairo ofrece un sólido planteamiento para entender las relaciones entre los sexos y tenerlas en cuenta en el diseño de programas. Para lograr buenos resultados, los programas de salud deben reconocer la necesidad de considerar y combatir los papeles y relaciones de género que obstaculizan sus objetivos de promover la salud — factores como la forma de relacionarse, la imagen que la persona tiene de sí, y cuestiones de poder, subordinación, comunicación y control en la toma de decisiones,
PRB: ¿Hay algún ejemplo de programas que sigan el espíritu de El Cairo?
Greene: Existen programas que han encontrado enfoques culturalmente adecuados, en una enorme variedad de contextos, para abordar las dificultades de género que impiden mejorar la salud reproductiva. Dichos programas excepcionales comparten una serie de elementos básicos: